Oda al enojo

Cuando se trata de sentir, es recurrente hablar sobre lo importante que es para el ser humano el darse espacios para esto. Especialmente cuando se habla sobre la tristeza, se hace hincapié a que hay que saber cómo procesar el sentirse triste: cómo sobrellevarlo, qué hacer, qué no hacer, mecanismos de supervivencia, entre otras cosas. Incluso cuando se trata de psicoterapia, se tiende mucho a enfocarnos en estudiar a fondo de dónde proviene esta tristeza, si es el caso. Sin embargo, se habla muy poco sobre otro estado emocional muy importante: el enojo.

¿Y por qué hablamos tan poco de aquello? La respuesta puede provenir del miedo. La tristeza implica sentirse agobiado, solitario, sin ganas, decepcionado muchas veces, e incluso también sin hallarle sentido a las actividades que hacemos. La tristeza implica tener poca agencia de las acciones. Sin embargo, cuando se trata del enojo, es algo muy distinto. La RAE define enojo como “movimiento del ánimo que suscita ira contra alguien”. Claro que no necesariamente debe tratarse de ‘alguien’: puede ser una situación, un colectivo de personas, o una realidad específica que nos causa ira. Lo cierto, es que el enojo implica una agencia más activa.

El enojo es discomfort. El enojo es detectar que hay algo que me está molestando, y querer o hacer algo al respecto. De manera exterior, el enojo es agencia activa hacia un problema. Y no solo eso sino que de manera interior, implica un estado de comprensión hacia cómo me siento en cuanto a lo exterior: reconozco que esto que está pasando en mi alrededor sobrepasa mis límites, y me molesta. El enojo es amor propio, pues no estamos nada más ni nada menos que sabiendo reconocer qué es eso que está siendo un problema para mí. El saber sentir la sensación de enojo es igual o más importante que la tristeza, pues valida las demás emociones que implican una situación en específico.

¿Por qué no se habla del enojo, especialmente cuando se trata de mujeres? Porque es muy revolucionario. A lo largo de la etapa contemporánea, la ira o el enojo de la mujer ha incomodado espacios. El enojo que las mujeres ha implicado muchos cambios en la moral, la cultura y la política. La ira de las mujeres ha ocupado calles, ha cambiado políticas, ha hecho muchas cosas. El proceso de cambio es muy incómodo, y es por esto que se ha tratado de silenciar este enojo a lo largo de los años.

Y es que el enojo es algo muy incómodo. Es más fácil poder compadecerse con alguien por su tristeza, que por su enojo. Muy especialmente cuando se trata de mujeres. Soraya Chemaly escribe en su ensayo Enfurecidas. Reivindicar el poder de la ira femenina: “No hay una sola mujer que no comprenda que su enojo es abiertamente denigrado. No necesitamos libros, estudios, teorías o especialistas que nos lo cuenten. Las mujeres experimentan la discriminación de formas distintas, pero comparten la experiencia de que al mostrar su enfado se les diga que están locas, son irracionales o están poseídas”.

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