La mirada profunda

Los conceptos “mirar” y “ver”, aunque refieran al mismo sentido, guardan mucha diferencia. El humano ve porque no tiene otra opción: solo lo hace porque se le ha dotado del sentido de la vista. El mirar implica una actividad diferente. Entre el ver y mirar existe una diferencia, que es la observación. En otras palabras, el mirar es el ver con voluntad, en detenerse y fijarse qué está pasando.

El sentido de solo “ver” pasa desapercibido porque así se lo prefiere. Todos los días al ir en un bus se ven los carros pasar, las personas cruzar al caminar. Lo que se mira es selectivo: tal vez el móvil al revisar redes sociales, o la comida que se está cocinando.

Sin embargo, hay una mirada que llega aun más allá: la mirada profunda. Esta es la que corresponde al entendimiento, a la percepción de la realidad que se tiene de uno mismo, de los demás y de su entorno. Cualquiera pensaría que la mirada profunda solo afecta a uno mismo pero no es así, pues la profundidad de cada mirada va a afectar también la percepción de los demás con la persona, pues esta permite otorgar una visión de cómo deben e incluso, cómo merecen ser mirados. Al estar ligada con la percepción de la realidad de cada uno, esta mirada depende de la capacidad y perspectiva de cada uno para razonar y examinar las situaciones y/o personas. Hay que tener en cuenta que para realizar una mirada profunda de una situación o alguien, debe haber voluntad de hacerlo. De otro modo solo se estuviera viendo. La mirada profunda ayuda a cada ser humano a querer mejorar en sus debilidades mediante el autoconocimiento, que los llevaría a fortalecer sus cualidades, y prosperar en las circunstancias de cada uno.

Dice Sartre, filósofo francés existencialista, que el ser humano al no venir con una esencia determinada, “la nada se inserta en su ser”, y como este es nada y aspira a ser algo, este siempre tendrá la libertad de elegir qué hacer con su vida y qué decisiones tomar para encaminarla a cierto objetivo: “el hombre empieza por existir, se encuentra, surge en el mundo, y que después se define”. Si no hay libertad, no hay esencia: el hombre está condenado a elegir cuál será su propio movimiento. Es cierto que hay circunstancias que la condicionan, pero él, más que un deber, tiene una condena de elegir qué hacer a partir de su condición. De ello se parte para hablar de la proactividad, que es básicamente no dejarse llevar por la corriente de las circunstancias. La mirada profunda entra aquí en medida que se la necesita para auto evaluarse a uno mismo y a sus posibilidades, saber qué debilidades y fortalezas se tienen para poder trabajarlas, qué beneficios y limitaciones se tienen a partir de la realidad de cada uno y así decidir un plan de acción para un propio beneficio.

La mirada profunda y la proactividad trabajan en conjunto para alcanzar un solo ideal; que es, la autoreflexión que permite a cada uno ser la mejor versión de ellos mismos. Si no hay mirada profunda, no se sabrá en qué hay que sumar esfuerzos para ser proactivos. La clave para vencer el miedo de la mediocridad, es tener una perspectiva más amplia de nuestro entorno. Es decir, tener una mirada profunda.

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