La presencia divina

Los seres humanos hemos siempre buscado entender al mundo de muchas maneras. Se han creado religiones, cultos, rituales, ceremonias y demás cosas para intentar entender de qué se trata todo: qué finalidad tenemos acá, de dónde vinimos, hacia dónde vamos. Cada una más diferente de la otra, pero con el mismo objetivo: darle sentido a las cosas.

La metáfora de Planilandia en el libro 1884 por Edwin Abbott, nos ayuda mucho a entender las perspectivas del ser humano para tratar de entender cómo percibe su alrededor. Esta metáfora se enfoca en tres principales temas: la moralidad, la religión y la búsqueda humana del sentido. Este Planilandia se trata de un mundo bidimensional, donde sus habitantes son todos figuras geométricas. El protagonista se trata de un cuadrado, quien un día recibe la visita de una esfera de un mundo tridimensional llamado Espaciolandia, a pesar de que los habitantes de Planilandia solo vean un círculo. El cuadrado se asusta porque el círculo es capaz de crecer o encogerse según su voluntad e incluso teletransportandose a otros lugares. La esfera le trata de explicar al cuadrado la tercera dimensión pero este no lo entiende lo que es tener grosor, altura y anchura. La esfera trata de explicarle con analogías como puede moverse de la primera a la segunda dimensión, y luego de la segunda a la tercera, pero el cuadrado no entiende cómo es posible moverse fuera del plano de Planilandia. La esfera, desesperada, tira del cuadrado y lo hace salir de Planilandia a la tercera dimensión. Esto hace que el cuadrado pueda ver su mundo globalmente; viendo el interior de todas las casas y el interior de todos los habitantes. A partir de esta experiencia, el cuadrado se vuelve discípulo de la esfera, y regresa a Planilancia a tratar de predicar el “evangelio de la tercera dimensión a demás criaturas, sin que nadie lo comprenda.

De aquí se puede partir con la idea de que aunque sea alguna vez, se ha encontrado algo que no se ha sabido explicar y comprender. Esto se debe a que el ser humano trabaja en dos dimensiones: la horizontal, de intimidad o agrado, y una vertical de jerarquía o status. Sin embargo hay una tercera línea de elevación: una dimensión específicamente moral, llamada ‘divinidad’. Exista necesariamente o no una presencia divina, la mente humana tiene la capacidad de percibir la divinidad y lo sagrado. A través de los pensamientos y acciones de cada uno, nos movemos hacia arriba y hacia abajo en esa dimensión. Y es cuando nos alejamos de ella que empobrecemos como seres humanos, perdemos de vista esa dimensión, y nos ahogamos en la banalidad del mundo bidimensional, únicamente de intimidad y jerarquía. Cuando se practica la tercera dimensión a través de actos con propósito, se encuentra ese sentimiento de divinidad en todos lados.

Por supuesto que el sentido de esta tercera dimensión debe ser trabajado. Y eso viene detrás de la formación de hábitos de autocuidado a nosotros mismos. Solo si nos sabemos querer a nosotros mismos, y reconocimos que la presencia divina es poderosa, es que podremos sentirla y gozar de ella.

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