Hacia un futuro de comida saludable y armónica con la naturaleza

Autor: Diego Castillo, estudiante de Nutrición y Dietética

María Belén Ocampo MPH, RD Profesor Nutrición y Dietética

Es alarmante el corto plazo que tenemos para hacer un cambio drástico en nuestra forma de vida para evitar la catástrofe climática que se nos avecina.

El panel intergubernamental sobre el cambio climático de la ONU (IPCC) emitió un informe el año pasado que marca el 2030 como fecha límite para desacelerar el constante aumento de temperatura en el planeta; lo que para los expertos se expresaría en forma de huracanes más fuertes, inundaciones más poderosas y sequías más intensas.

Los principales causantes del calentamiento global son los gases de efecto invernadero, que son generados en su mayor parte por el consumo de combustibles fósiles, gases fluorados y la producción de alimentos. La FAO estima que solamente la actividad ganadera, sin producción de alimentos vegetales, es responsable del 13% de todas las emisiones de gases de efecto invernadero (FAO,2018)

Además de su aporte importante al calentamiento del planeta, informes pasados de la FAO demuestran que el 70% de agua de riego es utilizada en la industria agrícola para que, en general, un tercio de todos los alimentos producidos sea desperdiciado (FAO, 2018). El verdadero conflicto se agrava aún más cuando las estadísticas indican que además de ser un factor de cambio climático, nuestra alimentación se torna en un tema de preocupación en términos de salud pública.

Según el Instituto Nacional de Estadística y Censos (INEC), la dieta de los quiteños es dominada por un alto consumo de carbohidratos refinados, como el azúcar, el pan y un bajo consumo de frutas y verduras, valores muy por debajo de las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud. Esto implica un aumento de riesgos de enfermedades como la diabetes y la obesidad (Pacto Agroalimentario de Quito, 2018) Además, la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición (ENSANUT) dice que en promedio a nivel nacional los ecuatorianos comemos 142 gramos de carne y embutidos al día, mientras que la recomendación del Fondo Mundial de Investigación para el Cáncer 350-500 gramos a la semana (Freire, y otros, 2012) (World Cancer Research Fund, s.f.). Frente a esto hay una necesidad indudable de reconfigurar los patrones alimentarios actuales a una modalidad consciente de los límites medioambientales de producción y además saludable, pero ¿cómo lo hacemos?

El proyecto de concientización de la WWF nombrado LIVEWELL hace un llamado a la conciencia de uso los recursos como agua, espacio que estamos utilizando en la producción de determinados alimentos, además de la huella de carbono que el mismo deja. La recomendación principal según estos parámetros sería disminuir nuestro consumo de carne. La proteína de la carne es muy importante, pero existen diversas fuentes de origen vegetal capaces de, en su combinación, sustituirla. Se pueden combinar diferentes leguminosas como lenteja o garbanzo con fuentes de cereales, preferiblemente locales, como arroz o quinua, para sustituir las proteínas que nos aportan los productos cárnicos. Pequeñas acciones para reducir el consumo de cárnicos, como inicialmente evitándolos un día a la semana, pueden generar un gran cambio.

En la ciudad de Quito ya se están dando los primeros pasos hacia un estilo de vida más armónico en términos de salud y sostenibilidad ambiental. A través de la iniciativa Pacto Agroalimentario de Quito, se han propuesto estrategias que consideran factores nutricionales, ambientales, políticos y económicos para la reducción del consumo de carne en casa. Dentro de estas tenemos la creación de huertos en casa, el generar compost con los residuos orgánicos del hogar y el consumo de alimentos locales estacionales (Quito alcaldía, 2018).

(Fuente: WWF proyecto LIVEWELL España)
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