Obligatoriamente felices

Sin haber dado lectura a la amplia gama de filósofos que tratan el complejo problema de existir y convivir en la contemporaneidad, hace un tiempo me pareció relevante analizar sin conocimiento de causa ¿qué buscamos en el fondo?¿cuál es la sustancia combustible para el motor de nuestras vidas? Al final del día qué pretendemos con el trabajar, el amor y el cumplimiento de los roles sociales. Después de una breve reflexión, la respuesta saltó a mi mente: la felicidad. Y tan pronto descubrí el concepto, fue necesario deconstruirlo tratando de encontrar un significado, una descripción posible.

Nuestra concepción de felicidad tiene como centro la idea de dominio: somos dueños tanto de nuestro destino como de nuestras alegrías y fracasos. Se ha creado un sistema social que nos conduce a maximizar el deseo por el estado de felicidad y a exhibirlo en cuanto sus diminutos períodos de existencia permitan. Hay una obligación de ser feliz. Occidente ha construido una suerte de religión alrededor de la felicidad, una religión con sacramentos y liturgia desempeñando un rol muy cercano al que cumplía el cristianismo en la antigüedad. El concepto de felicidad se ha logrado posicionar como máxima del deber ser, e inclusive como proyecto político en la Constitución de Estados Unidos que manifiesta expresamente el derecho a la libertad, igualdad y a la “búsqueda de la felicidad”.

Dentro de este juego por conseguir la felicidad, el gusto por el espectáculo ha copado los espacios de entretenimiento humano y es, de nuevo, análogo al fin que solía cumplir la religión. El espectáculo logra una degradación de la experiencia en primera persona, nos muestra algo más perfecto, irrefutable y exquisito que la realidad, reduce al individuo a una posición de espectador ante emociones y situaciones que bien quisiera vivir, pero que se limita a observar antes que experimentar.

Las emociones fuertes y las aventuras donde se arriesga la vida por descubrir un tesoro; los exploradores que se lanzan al mar abierto a encontrar un mundo ideal o un barco perdido, simplemente ya no existen. El espectáculo nos ha dado juegos de video, simuladores y películas que nos permiten asesinar terroristas, colocar bombas y salvar a la humanidad desde la comodidad de nuestras camas. El fin último de la producción humana es el entretenimiento de masas. La música, el arte y la literatura no buscan transgredir principios, ser parricidas, generar disgusto, asco y odio, el arte ya no llama la atención sobre la problemática socio cultural vigente. En otrora, el arte estaba llamado a ser el agente de cambio no solo cultural sino humano, su fuerza no se definía por el potencial de agradar al público, era válido en la medida en que molestaba, en que quitaba el sueño y deconstruía por completo los frívolos espacios de comodidad que la sociedad edificaba para los

Sigamos con la felicidad. Los estudiantes de la izquierda rebelde que en mayo del 68 se tomaron París en la mayor protesta en la historia de Francia, resistieron contra el capitalismo, el consumismo, las guerras, las ocupaciones territoriales por parte de potencias y, quizás por primera vez en el siglo, resistieron frente a los embates del consumo masivo, lo plástico y superficial. Los protagonistas de mayo del 68 rechazaban con fuerza la palabra felicidad que sonaba a estupidez generalizada pequeñoburguesa, los insultos conjugados
 
 
 

Estudia derecho. Miembro del Consejo Editorial de la Revista de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales, del USFQ Law Review y de Líneas de Expresión, revista de divulgación artística.

Victor Cabezas

 

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