Tiputini: ¿Paraíso nacional?

 

El Yasuní es uno de esos lugares que te dejan sin aire por un segundo. De esos lugares que necesitas más de una bocanada de oxígeno para que tu cerebro logre procesarlo.

Tuve la oportunidad de ir a la estación de la universidad con mi clase de periodismo de ciencia. Estuve completamente inmiscuida en la selva virgen que me rodeaba, escuché abundantes sonidos de grillos, cantos de aves y movimientos fuertes de las hojas que chocaban entre sí cuando un mono se columpiaba entre ramas; pero esta mezcla de eufonías entraban a mis oídos con sutileza y naturalidad. Me sentí abrumada por un sentimiento de paz –digo abrumada porque dentro de la caótica metrópolis a la que estamos acostumbrados el cambio de ambiente resulta chocante–. En esos cuatro días que visité la Estación de Biodiversidad Tiputini de la USFQ, tuve un pensamiento recurrente, no podía creer que ese lugar tan deslumbrante y libre existía en mi país. Esto se reafirmaba con cada exploración que emprendía dentro de la selva, porque una cosa es hablar, leer y opinar del Yasuní desde la comodidad de la casa; otra, conocerlo.

Éramos apenas seis estudiantes de periodismo, pero íbamos acompañados de un grupo de más de veinte estudiantes de intercambio. Llegamos cansados de un viaje de seis horas desde el Coca en lancha, chiva y lancha (otra vez). Sin embargo, el paisaje que presenciamos compensaba la pesadez de la trayectoria. Nos rodeaba un color verde intenso dado la abundancia e inmensidad de los árboles. Navegábamos por el Tiputini, tranquilo, excepto por las ondulaciones que dejábamos en el agua por el motor de la canoa. Con nuestros ponchos de agua nos agrupamos para generar un poco de calor humano, porque a pesar de la humedad, se sentía un viento frío y una llovizna leve que bajaba la temperatura de nuestro cuerpo. Pero en realidad, todos íbamos deslumbrados por el paisaje en el cual viajábamos en zigzag tan pacíficamente.

El viaje es educativo. Llegamos con el objetivo de aprender acerca de las investigaciones que se realizan en la estación, las caminatas y actividades diarias por los senderos iban de la mano de una explicación del guía. En la noche, se reservaba un espacio para charlas acerca de la explotación petrolera o de los proyectos que se están llevando a cabo. Sin embargo, fue una frase que mencionó nuestro guía, Ramiro, la que causó que reflexione en este blog. “Siempre me alegro cuando veo ecuatorianos conociendo la estación. Es raro ver eso, usualmente son gringuitos”, se volteó a decirnos mientras nosotros, estudiantes de periodismo citadinos, caminábamos a paso entre acelerado y nervioso tratando de mantener su ritmo y al mismo tiempo evadiendo accidentes. Ramiro es un hombre de estatura mediana, cuerpo corpulento que tiene alrededor de unos 50 años y con una habilidad excepcional para lograr divisar cualquier ave sin la necesidad de binoculares. Lo que dijo me dejó pensando. Noté que de los siete investigadores que se encontraban en la estación tan solo una era ecuatoriana, los demás estadounidenses o colombianos.

Ramiro tenía razón, ver a ecuatorianos en la estación no es muy común. Consuelo Barriga, administradora general de la Estación de Biodiversidad de Tiputini, me comenta con asombro las cifras de estudiantes nacionales e internacionales que han visitado el lugar. En el año 2014, 452 estudiantes de intercambio (del programa GAIAS, OPI y Kalamazoo) conocieron la estación, a diferencia de 95 estudiantes del colegio COCIBA de la USFQ y tan solo 6 estudiantes nacionales no biólogos. Los números me sorprendieron y al tratar de entender por qué sucedía esto, Consuelo me comentó que a veces es una cuestión de falta de interés o el costo del viaje es el que desmotiva al estudiante. Para un estudiante nacional, el precio es de 55 dólares la noche y 100 dólares el transporte; para un estudiante extranjero, 75 dólares la noche y 100 el transporte –excluyendo el pasaje del avión o bus a Coca–. Pero, más allá del precio, hay un desinterés por conocer nuestro país. Consuelo me comenta con indignación que un estudiante le había dicho que por el mismo precio del viaje a Tiputini puede conseguir un pasaje de oferta a Miami. Entonces el problema va más allá de lo económico, ¿no?

Quizás no hay suficiente difusión acerca de la estación, sugerí, pero Kelly Swing, director y fundador de la Estación de Biodiversidad Tiputini, afirmó que a la final ellos no son un centro turístico. Es verdad. La estación está a nuestra disponibilidad, incluso hay algunas opciones de voluntariados ahí que se abren para los estudiantes, está en nuestras manos tomar la decisión de conocerlo. Cuando el presidente Rafael Correa anunció el 15 de agosto del 2013 que iba a proceder con la explotación del Parque Nacional Yasuní dado al fracaso de la inciativa Yasuní ITT muchos jóvenes del país (yo me incluyo) saltaron en defensa del lugar más biodiverso del planeta. Pero ¿cómo podemos defender con tanta pasión un lugar que no conocemos y que tampoco hay mucho interés por hacerlo?

Cuando se logra realmente ver a los delfines rosados, guacamayos, monos arañas, anacondas, murciélagos, jaguares (y un sinnúmero de animales más) en su hábitat natural, lo que alguna vez vimos en fotos se vuelve tangible. Es una experiencia transformadora, te deja maravillada por la belleza y riqueza que existe en nuestro país. En fin, te deja un nuevo sentido de respeto por la naturaleza.

Amante de la lectura, los animales y el arte. Me expreso mejor a través del movimiento corporal. En una búsqueda constante de nuevas aventuras.

Bernarda Carranza

 

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