El PIB, ¿falsa alarma?

El indicador del Producto Interno Bruto (PIB) se creó para poder dar una aproximación a la realidad económica de los países. A simple vista puede sonar muy lógico el querer resumir el valor de producción de los bienes y servicios mediante esos literales, no obstante, con el paso del tiempo se ha criticado constantemente su poca efectividad y su lejanía a la realidad. Menciona Juan Fernando Carpio que la economía no funciona como las ciencias físicas; “el trabajo de un pensador ‘incluye’ y/o supera al de los anteriores”, más bien, la economía “es una disciplina plagada por sofismas, falacias, y pensamientos incompletos disfrazados todos ellos como verdades técnicas”. Se analizará a continuación, cuáles son las dos perspectivas para observar este indicador tan aclamado.

El enemigo principal para la efectividad de este indicador, es la volatilidad de la economía. O en otras palabras, el tiempo. El tiempo es el que, naturalmente, desestabiliza el orden de todo lo que implica la producción de un país. El primer fenómeno a detectar que ocasiona el tiempo en la credibilidad del PIB es la variabilidad en el índice de precios a corto o largo plazo. Con más precisión, tomando las palabras de Juan Fernando Carpio: “la cantidad de dinero puede ser del triple… sin que haya cambiado en absoluto la cantidad y calidad de esos bienes”. Es decir, puede pasar que el PIB ha triplicado, pero no significa que la producción haya triplicado. Sino que puede estarse reflejando que antes la producción se vendía más barata que ahora, entonces lo único que ha pasado ha sido una subida de precios. La poca efectividad de este indicador se puede reflejar aun más si es que se compara el PIB de un país en una escala de diferentes años. Por ejemplo, el valor de los 100 carros que produce un país en el año 2000 no coincide con el valor de los 100 carros que se hicieron en el 2020, en el mismo país.

Es por este fenómeno también que se critica la inflación como destructor de un sistema económico, pues según Reisman “crea la apariencia de prosperidad empresarial junto con el hecho del empobrecimiento general”. La infusión de dinero en alguna producción particular o general (que causa inflación), según este fenómeno, no significa necesariamente una mejora a la economía. Pues lo que se hace es tapar el verdadero valor de los bienes, que se pudo haber visto devaluado. Es por esto también que, según Carpio, no existe tal cosa como ‘inversión gubernamental’, pues implica un gigante coste de oportunidad. “el gasto gubernamental es consumo forzoso a costa de ahorro que no se hizo y capitales que nunca se pusieron en manos de los más virtuosos productivamente”. Lo único que deriva este fenómeno ya hablado es a la inflación, que no es más que una falacia a la producción del país. No porque el PIB suba gracias al alza de precios, significa que el país está siendo más productivo. Irónicamente, aquí se cumple la frase de Keynes, “en el largo plazo todos estaremos muertos”, pues “lo visible en corto plazo se ve privilegiado por encima de lo disperso a largo plazo” . La ley de Say, en pocas palabras, dice que “la oferta crea su propia demanda”. Esto básicamente puede explicar por qué todas las ideas de Keynes pueden convertirse en falacias. Pues lo que quiere decir es que, básicamente, la oferta y la demanda se termina regulando eventualmente. Por lo que no es necesario que aumente la deuda (inflación) para tener una satisfacción a corto plazo (‘aumento’ del PIB).

Keynes era el principal crítico de la economía capitalista porque decía que era la principal causante de que esta misma colapse. Es por esto que de aquí surgieron sus ideas en cuanto a cómo impulsar a una economía en peligro de quiebre. Él mencionaba que, en caso de crisis, lo más óptimo por hacer para salvarse de esta sería “utilizar el gasto público aunque la deuda se dispare y utilizar la inflación aunque los actores se acostumbren y necesiten nuevas dosis mayores a dicho estimulante”. Esto haría que a corto plazo se reactive la economía, y de esa manera se subiría el PIB. Keynes explicaría la variabilidad en el índice de precios básicamente como motor y parte de la economía, porque está siendo propiamente manipulada por el gobierno. Entonces la credibilidad del PIB no tiene por qué verse afectada. El gasto público puede funcionar a corto plazo si es que la economía en un país se ve en apuros para que esta misma se pueda salvar. Y dicho fenómeno, para Keynes, no tiene por qué ser un impedimento para que el PIB no sea una herramienta útil. Sino que, únicamente son ajustes que vienen arraigados a la ‘crisis’ que una inflación salvaría. La inversión gubernamental es tan necesaria y válida dentro de la producción nacional y no porque venga del gobierno, hace que el PIB se desacredite.

Lo que Keynes quiere decir en cuanto a la inflación es que es tan válido como cualquier aspecto de la economía, y no porque sea un tipo de ‘trampa’ por parte del gobierno hace que el PIB sea falso. Todo lo contrario, si es que el PIB aumenta gracias a la inflación significa que esta de hecho está siendo efectiva para impulsar la productividad del país. La perspectiva keynesiana funciona de esa manera porque, para esta, la economía no es un medio sino un fin. El fin del país es que la productividad crezca, entonces de esa manera se puede ver que el PIB se consideraría un buen indicador. Si es que el fin es que la economía mejore, ergo el PIB crezca, entonces ambas serán directamente proporcionales.

            Si es que la oferta y la demanda están perfectamente balanceadas, y si es que hay una anomalía entre ellas se regulan solas, está de más decir que la economía no necesita ningún tipo de estímulo ni ‘inyección’. Esto haría a la inflación completamente obsoleta: es una falsedad y un malestar innecesario. La credibilidad del PIB y la poca eficacia de la inflación son directamente proporcionales. El hecho de que el PIB de un país refleje que; gracias a una inflación, haya buena productividad, solo demuestra que este indicador es un reflejo de una falacia a la producción de un país. Pues no está demostrando su situación verdadera.

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