Quito Eterno: San Agustín

Quito Eterno: San Agustín
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Aula Magna conoció uno de los principales conventos del Centro de Quito

Con el grupo Aula Magna nos apostamos a las afueras de la municipalidad, en las calles Venezuela y Espejo, en los exteriores de la tienda turística “El Quinde”.

A las 7 de la noche, partimos junto con los integrantes de Quito Eterno: Rutas de Leyenda, hacia la Iglesia y Convento de San Agustín, situado apenas a una cuadra de la Plaza Grande.

En el corto camino, hay tiempo para contemplar desde afuera la fachada de piedra y la estatua de San Agustín en la punta de la cúpula. La puerta de entrada al convento se encuentra justo en la mitad de la cuadra, y según se comenta, es la segunda puerta de entrada al convento.

Foto: Juan Pablo Racines

Nos dividimos en tres grupos y empezamos el recorrido. De improviso, con el rostro cubierto por una máscara, se aproxima una personalidad femenina, vestida de luto, repitiendo como una letanía los aforismas del cielo, el purgatorio, el infierno, y el pecado. “Rogad a dios hermanos, por las almas que están en el purgatorio”, insiste.

Se trata de Josefina Landivar del Alto Castillo, un personaje ficticio de la aristocracia quiteña. Su puesta en escena constituye una reflexión sobre la muerte, y las perspectivas en torno a ella en la sociedad quiteña de antaño. La religión es, como se puede imaginar, el punto principal para aproximarse a este tema, y específicamente, Josefina nos habla del purgatorio. Suelta de repente una risita sarcástica, mientras nos mira y recuerda: “¿Saben qué se dice de los quiteños? Que les gustan los chimes”.

Foto: Juan Pablo Racines

Así, luego de descubierta nuestra afición hacia el cuento, empezamos a recorrer el hall del convento, cuyas paredes lucen llenas de pinturas religiosas, que conmemoran la vida de San Agustín. Los cuadros se atribuyen a Miguel de Santiago, pintor criollo, y exponente de la Escuela Quiteña del siglo XVII.

No obstante, es preciso recordar, como nos chismea nuestra enmascarada guía, que muchas de las pinturas pudieron ser elaboradas en un taller de arte, por muchas personas, aunque eso sí, bajo la dirección de un maestro. A esto podría responder el hecho de que, en la pintura que conmemora el nacimiento de San Agustín, se aprecia la sombra de un niño detrás de un vestido: la figura pudo haber sido realizada con proporciones incorrectas, lo cual habría obligado al maestro a realizar esta corrección.

De esta manera recorremos el patio del convento, entre las reminiscencias del quito de antaño. Uno de los techos luce aún su decoración original, con figuras hexagonales y piñas de pino pintadas de dorado.

“En la sala contigua, ocurrió un hecho muy importante. Esa fue la razón por la cual los soldados liberales, que utilizaban el convento como bastión militar, no dañaron este techo como los otros. Los rumores dicen que, del aburrimiento, se dedicaban a disparar tiro al blanco con las piñas colgadas a modo de adorno en el tejado”, cuenta Josefina. Algunos con misterio, y otros acordándose de las clases de historia, entramos a la Sala Capitular, donde habitualmente el sacerdote leía los capítulos a los estudiantes.

Sin embargo, no es esta la razón para de su reverencia. En esta sala, un día de Agosto de 1809, los líderes criollos redactaron y firmaron la primera constitución del Ecuador, efímero y primordial logro en la lucha por la emancipación. Además de esto, en la sala se guarda otro acontecimiento histórico: A los pies del simétrico retablo, fueron sepultados en una fosa común los restos de las cerca de 300 personas asesinadas en la masacre del 02 de Agosto de 1810.

Empapados de curiosidad, salimos de la sala y nos dirigimos hacia el segundo piso, donde se encuentran ubicadas las celdas en las que antaño habitaron los estudiantes para sacerdotes. En las gradas, se encuentra la antigua estatua de San Agustín que adornaba la cúpula de la iglesia. Actualmente, se encuentra muy deteriorada debido a los rayos y tormentas que durante años han acompañado al centro de Quito.

Bajamos finalmente a la pileta, única de forma cuadrada en la arquitectura colonial de Quito. “Quiero hacerles una pregunta, y necesito que me respondan. ¿Ustedes tienen la misma cara?”, dice Josefina. Extrañados, reflexionamos sobre la peculiar pregunta. Lentamente, Josefina Landivar se aleja un poco del grupo, y alzando su máscara, comenta con sátira, “Pues algún día la tendrán, esta misma cara”, y descubre rápidamente una máscara de cráneo.

Quito Eterno, la fundación que organiza estos eventos, es una entidad sin fines de lucro, que realiza labores de interpretación y difusión de espacios y momentos históricos. Su iniciativa, la representación teatral de personajes y el recorrido por lugares históricos, lleva 15 años contando los relatos y hechos de Quito. La idea, de un éxito evidente, ha hecho eco en otras ciudades y países.

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