La Revolución de Terciopelo

La Revolución de Terciopelo
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  Por: Ricardo Meneses

Es como un capítulo repetido. Las revoluciones no, pero si algunos de los eventos que marcan su inicio

Jóvenes sin otro escudo que sus ropas frente a frente con policías armados. No hay modo que el gendarme pierda esa pelea. Y a pesar de las circunstancias, los estudiantes siguen ahí, día tras día, porque no hay forma de agotar esa energía interminable por la libertad.

Ese amor por la bandera de tu país que no tiene fecha de caducidad y que se transforma en el arma más poderosa. La idea de que la vida puede ser mejor, qué nadie más debe decidir por uno el que hacer o como pensar.

El 17 de noviembre de 1989, los estudiantes de varias universidades de Praga, capital de la desaparecida Checoslovaquia, impulsaron lo que en pocos días se conocería como la Revolución de Terciopelo. La demostración conmemoraba el día Internacional de los Estudiantes. A media que la mítica plaza de Wenceslao reunía a más y más gente, la protesta se tornó contra el régimen totalitario que el Partido Comunista comandaba desde hace 41 años.

La Policía checa no solo que evitó a la gran marcha llegar hacia el Castillo de Praga, sino que reprimió a los ciudadanos creando un cerco del que no podían salir. No existen registros de muertos a parte del Gobierno, porque 10 días después entregaría el poder a un foro cívico para que se instaure una democracia parlamentaria.

Fueron 10 días en los que los checos, no perdieron la esperanza en aquella idea de libertad. A pesar de la violencia policial, no cayeron en la provocación. Fue una revolución poderosa, de ‘terciopelo’ porque fue pacífica. Los ciudadanos demostraron que tienen el poder al declarar, por ejemplo, una huelga nacional, que incluyó la paralización de todas las actividades.

Medidas extremas como esa fueron una reacción a un Gobierno que coartó libertades como la de opinión, reunión y de prensa. No son ni treinta años de una revolución, que es ejemplo para el mundo, y la República Checa ha dado un giro de 180 grados en su política.

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