El graduado

El graduado
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  Por: José Vaca 

 

Me acabo de graduar con el GPA más alto y no puedo contestar una pregunta tan simple, ¿Cómo estás?, repite la Tere. El lenguaje es arbitrariamente limitante, respondo. Son tan pocos las sentimientos privilegiados que han recibido un nombre comparados con el resto que nacen bastardos.

Me acuerdo de mi clase de poesía, cuando el Álvaro nos pidió que pusiéramos una dedicatoria en nuestro poemario y yo se la di: “A los sentimientos anónimos”. Sigue la Tere, ¿cómo sería un poemario para este momento? Sería un libro que llega a infinito papel sin tinta. Se parece al malestar que tuve después de la fiesta de graduación en la que sentí que bebí todo el champagne de Champagne. Un chuchaqui, señala. Un chuchaqui existencial. ¿Cómo se siente un chuchaqui existencial? Nausea, nausea sartreana.

Por primera vez entiendo las clases de existencialismo del Jorge Luis. Cuando se termina una etapa, puede aparecer la depresión, afirma la Tere. Supongo, pero no es tristeza per se, yo creo que es una crisis de la mediana edad. Tienes apenas 23 años, repara. ¡Pero podría morir a los 40! Nos reímos al unísono.

Puedes utilizarlo para hacerte una auto-observación. ¡Exactamente! mis ojos se han volcado hacia adentro, clamo. ¿Y que ves? Un puñado de genes y circunstancias que atribuyen ser “yo” y que me han dado un espejismo de libertad y sentido de vida durante un tiempo que ha caducado. ¿Quién es el “yo” ahí? No lo veo, capaz se me quedó en la clase de Autoconocimiento del Giovanni. Trae los ojos de regreso y mira el futuro, ¿qué encuentras? Un trabajo; no, no aún; un hijo, no; un máster, un año sabático…¿empezar la U de nuevo? Estoy jodido.

Puede ser cualquiera, me tranquiliza, lo importante es que tengas opciones. Salgo de su consulta, y camino cerca de las enredaderas del Da Vinci, mi spot favorito del campus. Me pongo mis Ray-Ban y saco lo que queda de la galleta de La Pirámide que guardaba en mi bolso. Me adelanté a la moda del bolso de hombre, sonrío. Ahora me adelantaré a la moda de llorar en la grada comiendo galleta.

No me encontraré con nadie, ya todos están graduados. Más, no tengo lágrimas, no es un dolor soluble; ni siquiera es un dolor, es un vacío, el vacío de entrar tarde y a patadas a la adultez. Levanto la cara y del otro lado del patio; en el balcón del frente, el correcaminos de mochila roja, el fornido de traje, el estudiante eterno, el que siempre anda en aprietos. Me saluda agitando los brazos como en señal de auxilio. Al fin y al cabo, soy yo el que siempre está bien para los demás. Nos saludamos con un abrazo y me dice, ¿Cómo estás?.

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