¿Cómo crear una cultura de Ahorro?

Por: Jaime Abel Grijalva Sanguña

A menudo nos surge esta pregunta y a pesar de tener al alcance mucha información relacionada con la optimización de las finanzas personales, existen aspectos clave que debemos considerar a la hora de generar conciencia de ahorro y, principalmente, llevarla a la práctica.

Lo primero que debemos conocer es ¿cuál es el valor del dinero? Es algo básico, pero casi siempre lo pasamos por alto, esto en razón de nuestra cultura impulsiva que sólo busca conseguir resultados tan pronto como nos sea posible, que dista mucho de otras regiones donde ya innato se tiene el pensamiento de proyectar actividades a mediano y largo plazo.  En nuestro medio, siempre pensamos en el beneficio personal, en la autocomplacencia y muy poca importancia le damos a los beneficios colectivos. 

Sin adentrarnos en temas de sociología y psicología, basta con detenernos para analizar qué grado de compromiso tengo con mi familia, en mi vida afectiva y en mi vida profesional, para determinar las relaciones que puedo llegar a construir y mantener a corto y largo plazo, así como los recursos que voy a consumir en el camino, porque ese valor del dinero no está definido en una fórmula, sino que surge de la experiencia de cada persona. 

El valor del dinero no radica en su monto nominal sino en el esfuerzo que demandó su consecución y en las alternativas de uso que planificamos brindarle.  Desde edades tempranas cada persona empieza a asimilar el valor de las cosas, solamente cuando enfrenta una pérdida y esto es una constante a lo largo de nuestro crecimiento como individuos y como sociedad.  Entonces sólo al ser realmente consientes del valor que le estoy asignando (nótese que esto también tiene un cierto grado de subjetividad), estaré en la capacidad de organizar mis actividades para dar orden de prelación a cada tarea que demande mis recursos, siendo los principales el dinero y el tiempo, los cuales componen el ya conocido concepto económico que conduce al análisis de los inversores cuando buscan obtener los mejores rendimientos de entre diferentes alternativas de plazos y disponibilidad.

Un segundo aspecto clave constituye el diferenciar entre gasto e inversión.  La forma más simple de entenderlo es comparar, cada vez que realizamos un ‘pago’, si el beneficio que recibo como contrapartida se da en ese momento o se lo espera obtener en un plazo futuro.  Como regla general, una inversión se puede llegar a recuperar, mientras que un gasto satisface una necesidad inmediata.    

Cada persona es un inversor porque al despertar tiene a su disposición 24 horas, 5 sentidos, aptitudes y oportunidades, así como la capacidad de decidir cómo va a utilizar cada recurso limitado que posee.  Al encontrarnos ante una disyuntiva de decisión, una buena práctica consiste en recordar la siguiente frase de Warren Buffet: “Antes de comprar algo, piense: ¿Qué me pasará si no lo compro?  Si la respuesta es ‘Nada’, no lo compre, porque no lo necesita”.    

Este análisis previo que poco a poco vamos a empezar a realizar antes de un actuar impulsivo de consumo, conlleva al efecto colateral de ahorrar recursos que en otras circunstancias ya hubieran reducido nuestra liquidez personal.  El siguiente paso será conocer las alternativas de ahorro disponibles en el mercado, porque si bien estamos buscando reducir gastos innecesarios como premisa principal, no debemos descuidar nuestras estrategias financieras y caer en otro grave error conocido como ‘dinero ocioso’, porque al tener el dinero quieto, este pierde su valor.  

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